El espantapájaros, Begoña Buil

Comprendí que no había vuelta atrás cuándo el conductor tomó aquella curva fatídica. El autocar dio varias vueltas de campana. Rebotamos contra los baches, llegando a golpear las cabezas en el techo y noté cómo, en lugar de frenar, aumentaba la velocidad del vehículo. No había cinturones de seguridad. Me protegí la cabeza con los brazos y cerré los ojos, deseando que todo pasara pronto, mientras el paisaje giraba a mi alrededor y sentía los golpes secos de inesperados y duros objetos por todo el cuerpo. Algo similar al vaivén desmesurado de una atracción de feria, hasta que, de nuevo, se instaló la quietud. Logré librarme del amasijo de hierros, presa de un aturdimiento que me invalidaba la conciencia. Me veía a mí mismo, como si yo estuviera fuera de mí, me observaba gateando, manchas de sangre en la ropa que había estrenado para el viaje, jirones que habían quedado trabados entre los hierros y flotaban como banderines rotos.

Anduve durante un tiempo que no sé calcular, siguiendo el camino trazado de más fácil acceso, sin internarme en la maleza oscura que crecía a ambos márgenes. Después de un rato, el paisaje se hizo más claro. Delgados arbolillos, tal vez álamos, distantes entre sí, regalaban su sombra escuálida al sendero, que descendía ligeramente, bordeado de matas de retama, hasta desembocar en un gran campo de trigo salpicado de amapolas, de gran belleza. Aquel lugar me resultaba familiar, tuve la sensación de haber contemplado aquel campo mucho antes de aquel día.  Me interné, acaricié con las yemas de los dedos las espigas que un viento ligero ondulaba caprichosamente. Apenas tenía tacto. Me miré las manos y las noté borrosas, cenicientas bajo el sol. Me sentí lúcido por un instante y pensé que el accidente me estaba alterando la conciencia.  Bandadas de mirlos sobrevolaban el campo unos metros más arriba, sin decidirse a descender a pesar de que el color del trigo era apetitoso. Entonces reparé en el  espantapájaros y comprendí por qué no bajaban. Era inmenso. El dueño del campo lo había colocado en un lugar estratégico. El viento zarandeaba  sus brazos de trapo y paja, cargados de pulseras de cascabeles y las aves se asustaban.

Había visto otros espantapájaros en otros campos, pero no aquel. Siempre me provocaron lástima y también un irracional desasosiego. Desde niño, aquellas figuras me habían resultado incalificables. Ni eran personas ni tampoco tenían la vida y las aventuras de los personjes de los cuentos. Imágenes de soledad, obligados a espantar a los únicos seres que se posarían sobre sus hombros y su sombrero y alegrarían los días con sus voces. Aquel espantapájaros del campo de trigo era más o menos como cualquier otro: un conglomerado de paja mal atada, simulando las formas de un cuerpo humano. El traje roto, un pañuelo de colores vivos anudado al cuello, las manos recubiertas por unos guantes que en su día debieron ser blancos… Pero había una cosa que lo distinguía de cualquier otro muñecote similar: los ojos. Por algún capricho inexpugnable de su dueño habían sido construidos expresamente a imitación de los humanos, pero mucho más grandes. Eran de color gris piedra y tan reales que sobrecogían. Sentí un sobresalto, un pellizco de arriba a abajo de la columna vertebral en el momento en que nuestras miradas se cruzaron. Me encontraba extremadamente sensible, jugaba absurdamente a descifrar el sentido de aquella experiencia. Porque tenía la sensación de que aquellos ojos miraban por encima de mi cabeza hacia el lugar del accidente: el armazón retorcido del autocar, los pasajeros heridos, la columna de humo que ennegrecía la transparente mañana, todo lo que había dejado a mi espalda y sabía con claridad sin tener que volver la cabeza. Si sus ojos pudieran ver, verían el desgarrón de mi piel entre el hombro y el cuello, mientras lo palpaba, los párpados  hinchados, los  moretones en las mejillas. Me llevé la mano derecha a la frente.  Noté una humedad inmediata en la palma. Los dedos se mancharon de rojo y me acordé de las amapolas; pensé que bajo el rojo escondían un corazón oscuro como la noche. Sopló el viento y el espantapájaros describió un giro brusco. Quedó de espaldas a mí. Silbó una nueva ráfaga, los brazos inermes se balancearon con un ruido de cascabeles afónicos y volvimos a quedar de frente. Había bajado los párpados, como si ahora examinara mi rodilla izquierda. Entre la ropa y la carne desgarrada sobresalía un hueso. Resultaba increíble que hubiese podido andar tanto rato. Sentí un dolor punzante en la pierna como si me hubiera atravesado un cuchillo, y también una contracción intermitente y feroz entre las sienes. El espantapájaros y yo parpadeamos simultáneamente, como el que pretende escapar de un mal sueño. Me llevé las manos a la cabeza. Un mechón de pelo se desprendió sin esfuerzo, y luego otro. Se dispersaba toda mi cabellera sin dolor. Quedaba esparcida, revoloteaba en el viento, con destellos pajizos.

Quise preguntarle al espantapájaros el por qué de aquel mal sueño, en la indescifrable jerga de mi lengua de trapo, ya que no había nadie más a quién preguntar.

En los espejos cóncavos de sus ojos veo al hombre que avanza por la senda de los álamos y atraviesa el campo de trigo y me interroga.

Y mientras huyen los mirlos, le devuelvo la mirada desde las cuencas grises y vacías de mis ojos. Siento que pugna por comprenderme durante un breve instante, antes de convertirse en la misma materia inerte, antes de fundirnos en la misma cosa, de volver a dejarme irremisiblemente solo.

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