Mario, ¿eres tú?, Alberto Castillo

─¿Mario, qué te apetece comer? Hay tortilla de patatas. Le puse mucha cebolla, como a ti te gusta. 

─¿Pero no dijiste que no nos moveríamos en todo el fin de semana?

─Tengo los tuppers bajo la cama. Será como en los viejos tiempos. Solo nos levantaremos para ir al lavabo ─dijo Eva con una sonrisa.

─Saca lo que quieras.

─¿Te parece bien la tortilla?

─Te he dicho que lo que quieras, no ves que estoy leyendo.

─Perdona, Mario ─contestó contrariada Eva─. Anda, pásame el mantel… Mario, el mantel.

Eva no esperó a que Mario regresara de su mundo. Reptó por encima de él y cogió el mantel del cajón de la mesita de noche. Él solo se dignó a hacer un chasquido de desaprobación cuando Eva le pasó por encima.

─¿Cómo se te ocurre guardarlo sin sacudir las migas?

─No empieces, odio que hagas de madre. Te recuerdo que ya tengo una. ¿No dijiste anoche que no nos podíamos levantar?

─Déjalo, Mario. Cuando quieres eres insoportable.

Habían sido una pareja envidiada por todos. Solo les faltaba la parejita de niños para ser más que felices. Por eso se habían comprado una casita apareada a las afueras de la ciudad. Pero el vendedor de la inmobiliaria no les advirtió de que, tras el accidente, su nido de amor se convertiría en una horrible jaula de odio y rencor; que por los amplios ventanales del comedor solo entrarían los reproches; que la bañera dejaría de llenarse de pasión; que su cama se cubriría de distancias insalvables y que la esperanza dejaría de crecer en el jardín.

Eva acabó de preparar el picnic.

─Vamos, la comida ya está.

─Esta idea tuya de pasar el fin de semana sin salir de la cama me parece una solemne estupidez. 

─¿Quieres levantarte? Pues adelante, ¡hazlo!

Mario la miró desafiante. Eva comprendió que enfadándose solo iba a empeorar las cosas.

─¿Es que ya no te acuerdas de aquellos fines de semana en la cama? Nos hartábamos de ver películas, de charlar y de hacer el amor: lo pasábamos genial.

─Vamos, no me jodas, despierta de una puta vez. ¡Nuestras vidas son una mierda!

Eva se echó a llorar y se acercó a él para para abrazarlo.

─¡Aparta, me das pena! Tenía que haber muerto en ese maldito accidente.

─¿Por qué me haces esto, Mario? ─balbuceó Eva entre llantos─. Yo te quiero.

Mario se la quitó de encima y la fue empujando con el pie hasta que la tiró de la cama. La comida tuvo idéntico final.

─Mario, por favor, ayúdame, yo te quiero ─le suplicó Eva desde el suelo.

Se agarró a las sábanas para intentar subir a la cama, pero sólo consiguió asomar la cabeza.

─Lo ves, siempre tienes que estropearlo todo ─dijo él al verla.

─Perdóname, por favor.

─No ves que ya nada es lo mismo ─exclamó él y de una patada la devolvió de nuevo al suelo. Desde el accidente nada había vuelto a ser lo mismo. Eva conducía el todoterreno cuando apartó la mirada de la carretera para coger el móvil. Antes de que pudiera darse cuenta, el coche estaba dando vueltas de campana por el terraplén. Mario perdió una pierna y una prometedora carrera de nadador, Eva quedó paralítica de cintura para abajo y las gemelas murieron en el acto. Ella decidió aferrarse a la vida; él, sin embargo, decidió morir en el accidente y reencarnarse en su propio cadáver.

Eva, desde el suelo, suplicaba a Mario que la perdonase. Al final, él no tuvo más remedio que asomarse al borde de la cama. Estaba desnuda, manchada de comida y llorando desconsoladamente. La sangre de su labio partido goteaba sobre el parqué. Al verla, Mario regresó al interior del todoterreno accidentado.

─Cariño, cariño, ¿estás bien?

A Eva esas palabras le sonaron a gloria.

─Mario, ¿eres tú?

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