Pasos, Alejandra Ojeda

El solo echo de asomarme a las ventanas me provoca náuseas. 

Todo comenzó hace algún tiempo, yo era una persona muy organizada y siempre buscaba múltiples ocupaciones, por la noche regresaba muy cansada directa a la cama, tomaba un somnífero o dos para evitar horribles pesadillas; al día siguiente procuraba estar bien dispuesta y muy centrada para no pensar; en aquel entonces si algo en mi rutina diaria perfectamente ordenada cambiaba,  por un hecho fortuito del azar, me encontraba frente a un abismo… Una figura pequeña bordeando una inmensidad fría, sin fondo, un terror a ser devorada me invadía, en esos momentos ocupaba mi cabeza en pequeños detalles por ejemplo: contar mis pasos o clasificar cualquier cosa que tuviera delante.

Pero llegó el día en el que no pude salir más a la calle, me sentía segura dentro de casa, aseguré la entrada con varios cerrojos. Por supuesto me quedé sin trabajo y ya no atendí más el teléfono…

Ya no puedo postergarlo, tengo que salir, al abrir la puerta se me humedecen las manos, tomo grandes bocanadas de aire, se me comprime el diafragma, sé que hay 20 pasos hasta la salida del edificio, voy tanteando las paredes, doy 2 pasos, siento mi cuerpo pesado, me siento en el suelo a descansar, estoy en el pasillo que conduce a la calle, me duele la cabeza, me pongo de pie y continuo arrastrando la espalda en la pared, ya voy 5 pasos, ahora uno más y vuelvo a sentarme, continuo: 10 pasos, 12, 16, 19…

Uno más y estaré fuera, a cielo abierto, puedo sentir las bocinas de los coches y las prisas de la gente que cruza frente a mi portal, un paso más, solo uno más…

Levanto el pie, uno está fuera, una mitad fuera y otra dentro, lo bajo suavemente, estoy pisando la acera, me quedo petrificada, soy  solo un pequeño punto entre tantos que se mueven, soy una más, hago entonces un último esfuerzo y me hundo en la marea humana…

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